Desde hace bastante tiempo ha aparecido entre nosotros la discusión acerca de la posibilidad de implementar un alcalde mayor para la ciudad de Santiago. Hoy día mismo, un artículo al respecto ha sido publicado en Plataforma Urbana. Al parecer, en medio del debate eleccionario, y de la sobreexposición de alcaldes y candidatos, esta discusión ha tomado fuerza en distintas esferas; la semana pasada se publicó en Revista Qué Pasa, un artículo titulado «¿Necesita Santiago un solo alcalde?» en que 7 arquitectos, urbanistas y sociólogos se refieren a este tema. Para complementar lo presentado en los post anteriores sobre este tema, exponemos ahora lo presentado en dicho artículo de Qué Pasa, con las visiones de Alejandro Aravena, Cristián de Groote, Marcial Echenique, Francisco Sabatini, Iván Poduje, Pablo Allard y Germán del Sol. ¿Cuál es la tuya?
Por Alejandro Aravena. Arquitecto de Elemental, proyecto que recibió el León de Plata en la Bienal de Arquitectura de Venecia.
Esto que suena bastante obvio, no es lo que votaremos los chilenos este domingo. Elegiremos alcaldes para comunas, no para ciudades. Mientras la localidad es pequeña, da más o menos lo mismo, pero para ciudades con varios municipios y para zonas metropolitanas, donde el recurso más escaso es la coordinación, elegir alcaldes comunales es una oportunidad perdida. El desfase entre la realidad unitaria e indivisible de la ciudad y su compartimentación administrativa en alcaldías comunales explica, en parte importante, el desfase entre el nivel de desarrollo del país y el mediocre estándar urbano de nuestras ciudades.
No es casual que más del 70% elegirá alcalde privilegiando su honestidad. Esto es sintomático de un cargo del que se espera, a lo más, una buena administración. Una comuna es razonable que sea bien administrada, pero una ciudad debe ser proyectada: por una parte, debe anticipar, planear y diseñar su desarrollo, su espacio, sus lugares y, por otra parte, debe ser catapultada hacia un estado mejor, lanzada hacia su potencial.
Si la ciudad fuera un cuerpo, el trabajo de alcalde comunal se circunscribiría a alimentarse, a lavarse los dientes para evitar las caries, a vestirse para no enfermar. Pero de eso no se trata la vida. Es condición necesaria pero no suficiente.
Algunos ejemplos:
El más conocido es la transformación urbana de Bogotá por medio de la inversión en espacio público y la implementación de Transmilenio -la versión exitosa del Transantiago, que no tuvimos la humildad de saber copiar- fueron proyectos (obras) de escala municipal: el alcalde Peñalosa, León de Oro en la anterior versión de la Bienal de Venecia.
Menos citado, pero bastante más impresionante como logro y ejemplar como operación urbana, es el caso del alcalde Sergio Fajardo en Medellín, que inició, uno por uno, la transformación de los barrios más duros de la ciudad por medio de un plan de transporte audaz (teleféricos), la dotación de infraestructura de primer nivel (colectores de agua lluvia, alcantarillados e iluminación pública) y la construcción de parques bibliotecas de arquitectura sin complejos.
En Chile, una operación así habría requerido varios ministerios, varios municipios, muchísimas reuniones: no se habría hecho nunca.
Alguien va a decir que no viene al caso siquiera compararnos con Colombia. Al contrario, la actitud que debería movernos es que si una idea ambiciosa, sin perder complejidad, fue llevada adelante en ese país con todas las dificultades del caso, entonces también nosotros debiéramos poder hacerla.
Nada de este nivel se ve en los programas de nuestros próximos alcaldes. Nadie proyecta nada; hacen tareas. A veces es por incapacidad de llegar a esa derivada, otras veces porque simplemente no es el ámbito de la competencia comunal.
¿Se necesita un alcalde mayor para ciudades que tienen muchos municipios o zonas metropolitanas? No, nos sobran alcaldes menores.
Por Cristián de Groote, Arquitecto. Premio Nacional de Arquitectura 1993.
No cabe duda alguna de que una ciudad de la envergadura de Santiago requiere de una autoridad centralizada, llámese alcalde mayor, gobernador, o lo que sea, que tenga una visión clara de qué ciudad es la que queremos y necesitamos, y que coordine todos los recursos y esfuerzos que a ella se destinan.
No estaríamos descubriendo la pólvora sino aplicando un mínimo de cordura y de experiencia ajena a una situación que desde principios del siglo XX hace crisis por todos lados. No es por otra razón que nos encontramos con túneles que no se pueden usar porque no se han hecho los enlaces, un “Portal Bicentenario” del cual ya nadie se acuerda -ni siquiera su promotor-, pero que ha dejado a Santiago sin aeropuerto alternativo, un “Sanhattan” al que no se sabe si va a ser posible llegar o salir, o un sistema de transporte que no funciona porque, por un lado, se usan a sabiendas premisas falsas y, por otro, no se ejecutan las obras de infraestructura necesarias para su puesta en marcha. Suma y sigue.
Mientras tanto, las presiones espurias por ampliar el radio urbano, por aumentar los índices de constructibilidad, por emparedar los cerros con edificios se hacen sentir y gana el que tiene mejores compadres.
Ahora, la otra cara de la medalla. Si bien no hay duda de que nuestra ciudad requiere de una cabeza para conducir sus destinos, para que ella sea realmente eficaz debe estar investida de autoridad, y en un país tan politizado como el nuestro, con la concentración de población y riqueza que tiene la capital, este cargo sería para los partidos políticos el botín más preciado después de la Presidencia.
Por Marcial Echenique, Arquitecto. Decano de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Cambridge.
Es fundamental para Santiago, y las ciudades de cierta envergadura, contar con una planificación integrada de las distintas intervenciones sectoriales (Minvu, MOP, Transportes, municipalidades, etc.) para evitar los problemas, como el futuro colapso de “Sanhattan” o los túneles del San Cristóbal. Creo que hay un consenso sobre esta necesidad, dada la acogida de los ministros y profesionales, pero no estoy convencido de crear una nueva institucionalidad como la de un alcalde mayor. Ya existe la figura del intendente y del CORE. Lo que hay que hacer es darle las herramientas necesarias (pasándole todos los equipos técnicos de los distintos Seremis a la Intendencia) y los poderes ejecutivos para planificar, implementar y fiscalizar el desarrollo urbano. El plan desarrollado debería ser aprobado por el CORE, que idealmente debería estar constituido por todos los alcaldes de la Región Metropolitana. Los proyectos de cierto tamaño deberían también someterse a la aprobación de la Intendencia.
El problema de tener un alcalde para todo Santiago es que se generará un conflicto con el presidente, ya que el peso específico de esta ciudad es demasiado grande. Creo que es más probable de implementar rápidamente un intendente no político, más bien tecnocrático -para no generar conflictos ideológicos en el caso de pertenecer a distintos partidos-, y de la confianza del presidente. La región debe tener un presupuesto equivalente al que hoy tienen los distintos ministerios en lo que corresponde a Santiago en términos de personal administrativo y técnico, consultoría, inversión y mantención.
Al gobierno de Chile le están costando muy caros las políticas y proyectos que actualmente se han implementado en forma descoordinada. Va a costar más aún, en términos de pérdida de recursos (tiempo y dinero), a los ciudadanos que usan la ciudad, además de la pérdida de valor de las inversiones (desvalorización de los inmuebles). Hay que tener una visión estratégica, de largo plazo, consensuada, bien estudiada para que Santiago se transforme en una ciudad moderna, eficiente, equitativa y de calidad ambiental.
“MÁS QUE LA SUMA DE LAS PARTES”![]()
Por Francisco Sabatini, Sociólogo UC y PhD. en Planificación Urbana de la Universidad de California.
Hace 20 años no era tan clara la conveniencia de tener alcaldes mayores a cargo de las grandes ciudades. Hoy resulta urgente crear esa figura, especialmente en el Gran Santiago, donde la gestión urbana de “trozos urbanos” o municipios, hecha en gran medida a puertas cerradas, no está a la altura de los desafíos y problemas que enfrentan estas urbes.
La congestión, la contaminación, la “guetización” de los barrios populares y los problemas de seguridad, y los conflictos por la localización de rellenos sanitarios, cárceles y otros proyectos NIMBYs (“no en mi patio trasero”, en inglés) rebasan con mucho a los municipios. Y la forma cómo estamos enfrentando este problema de gestión no es mucho mejor: la intervención del gobierno nacional. Problemas como el suscitado por el Transantiago debieran ser solucionados por esta nueva autoridad, tal como ocurre en Colombia. Allí, el plan de transporte, el célebre Transmilenio, así como el nuevo proyecto de Metro, están en manos de la Alcaldía Mayor de Bogotá, que coordina a 20 localidades (municipios) con razonable éxito.
Más allá de ese ejemplo concreto, existen tres razones de por qué Santiago debiera tener una Alcaldía Mayor.
En primer lugar, las ciudades grandes son cada vez más complejas y sus problemas no pueden solucionarse por partes. Mejores condiciones de movilidad y accesibilidad, mayor integración social residencial para evitar los guetos, menos contaminación del aire y conflictos por NIMBYs sólo pueden conseguirse en Santiago actuando a escala regional.
Segundo, la gran ciudad latinoamericana está sobrellevando una profunda transformación. La segregación tradicional, en que cada municipio tenía una connotación social definida, tiende a una mayor fragmentación. Carreteras y megaproyectos residenciales, de oficinas y malls se dispersan por la metrópolis. Se reducen las distancias entre diferentes estratos sociales y usos del suelo, y más fronteras físicas entre grupos sociales y entre actividades que se molestan entre sí, nos enfrentan a ciudades dinámicas y difíciles de gestionar.
En tercer lugar se encuentra el tema medioambiental: la contaminación dejó de ser una cuestión de basuras a cargo de cada municipio. Proliferan hoy NIMBYs como autopistas, cementerios o aeropuertos locales. Son parte inevitable del desarrollo urbano actual, pero como son rechazados localmente, requieren de una autoridad mayor que planifique -en forma justa en lo social y eficiente en lo técnico y económico-dónde instalarlos.
Por Iván Poduje, Urbanista. académico UC y socio de Atisba.
El caso de “Sanhattan” ha vuelto a demostrar que en Chile nadie tiene atribuciones para coordinar la acción de ministerios y municipios a nivel de ciudades. Esta carencia ya produjo problemas serios en Transantiago y se teme que ocurra lo mismo en el Plan Valparaíso, donde existen indefiniciones y atrasos preocupantes.
A mi juicio, existen tres formas de resolver este problema y que, por su complejidad, debieran abordarse por etapas. La primera es reducir el número de organismos públicos que intervienen en la ciudad desde el gobierno central. Lo ideal es volver al diseño institucional de 1964, donde Obras Públicas, Vivienda y Transportes estaban en un solo ministerio que fue capaz de materializar iniciativas notables como el PRIS de Santiago o el Plan Serena. Por otro lado, debe restringirse la participación de organismos que carecen de competencias técnicas en materia urbana, como el Ministerio de Agricultura o la Subdere.
Lo segundo es traspasar poder y recursos a los gobiernos regionales. El rol de alcalde mayor debe ser asumido por un intendente con liderazgo y atribuciones reales para planificar y ejecutar lo previsto. No es conveniente ni necesario crear una nueva autoridad metropolitana, ya que probablemente duplicará funciones de las secretarías regionales ministeriales. En tercer lugar debe revisarse la política de crear nuevas comunas en áreas metropolitanas o capitales regionales, ya que complica en demasía la planificación integral de la ciudad, al requerir del acuerdo de muchos alcaldes.
Los cambios propuestos no son simples. La experiencia indica que, sin recursos y competencias técnicas, la descentralización no funciona y puede agravar el problema, como se ha visto con el traspaso de la salud y la educación a los municipios. Es de esperar que en la próxima elección presidencial el tema del gobierno de la ciudad sea prioritario y que los programas de los candidatos tengan propuestas concretas que les permitan iniciar las reformas apenas lleguen a La Moneda.
Por Pablo Allard, Arquitecto, doctor, máster en Diseño Urbano.
Hace un tiempo se escuchan con fuerza clamores por contar con un alcalde mayor que resuelva la falta de integración, coordinación y planificación de las áreas metropolitanas. Si bien dicho rol lo debieran ejercer los alcaldes, esto ya es complejo en zonas como el Gran Valparaíso, donde su área urbana considera municipios muy diversos. Lo mismo pasa con Concepción.
Si en esas ciudades ya es compleja la administración del territorio, lo es aún más en el Gran Santiago y su treintena de comunas urbanas con diversas realidades geográficas, sociales, económicas y políticas. Lo más lógico es que la figura del intendente jugara el rol de gran aglutinador, pero su jurisdicción es a nivel regional y no sólo sus áreas urbanas. Además sus atribuciones, en particular en la Región Metropolitana, son limitadas: no cuenta con la capacidad de planificar, diseñar e implementar planes que son feudos de los ministerios sectoriales o se fragmentan en miles de proyectitos municipales. Por último, es un cargo de confianza del presidente y responde a un Consejo Regional determinado también en forma discrecional y por equilibrios políticos.
Para salvar la falta de coordinación, el gobierno cuenta con el Comité Interministerial de Ciudad y Territorio, al cual concurren Vivienda y Urbanismo, Obras Públicas y Transportes, entre otros. Pero los ministerios están acostumbrados a trabajar por su cuenta, como se puede ver en casos como el Transantiago. Por ello, se ha propuesto la figura de una autoridad metropolitana de Transportes, que desde la perspectiva del transporte urbano pueda coordinar las instancias y actores involucrados. Esta iniciativa me parece plausible, pero surge la duda de qué pasará si surgen en forma independiente otras autoridades metropolitanas de aguas, energía, medio ambiente o desarrollo urbano. Esto, al igual que la creación de un alcalde mayor -sobre los municipios urbanos y bajo el intendente-, sólo generaría más burocracia.
Es mejor reperfilar al intendente como una autoridad metropolitana cuando sea el caso, que sea un cargo técnico, elegido por concurso y no designado, para que no se convierta en un “petit president” que haga sombra a quien esté en La Moneda. Que cuente con un Consejo Regional electo democráticamente o constituido por los alcaldes comunales. Que rinda cuenta anual de su gestión y se evalúe su continuidad cada cierto tiempo, cuente con recursos y la capacidad de gestión y ejecución de proyectos, así como la facultad de visar o vetar cualquier proyecto sectorial que afecte el “Plan Estratégico de Desarrollo Metropolitano Integral”, primer producto de su gestión.
Por Germán del Sol, Arquitecto. Premio Nacional de Arquitectura 2006.
Creo, como la mayoría de los arquitectos, que para hacer de Santiago una ciudad sustentable, las acciones públicas y privadas en el territorio deben ser coordinadas y fiscalizadas. Para evitar, por ejemplo, la congestión que producirán los rascacielos en “Sanhattan” o el túnel del cerro en Pedro de Valdivia Norte.
Algunos piensan que hay que centralizar las decisiones en un alcalde mayor. Yo no soy de esa idea. Ya hemos visto el fracaso de la planificación centralizada en el Transantiago y en Ferrocarriles.
Las predicciones necesarias para planificar fallan. Tal vez, porque la diversidad que da vida a la ciudad actual es fruto de espacios comunes, barrios y vecindarios que no se pueden planificar centralmente, sino que resultan de la iniciativa de millones de personas actuando más o menos libremente a la vez. Superando cualquier predicción.
La ciudad ha sido siempre una amplia promesa de libertad. Incluso del barrio, del pueblo chico, de los vecinos y de los familiares que a veces añoramos. En la ciudad conviven personas con distintos modos de vida, culturas y concepciones del mundo. Esa rica diversidad es la riqueza que la gente busca en la ciudad. La ciudad no es su forma, sino el modo de vida de su gente. Los valores de la cultura urbana de Londres, Viena, París o Barcelona pueden cultivarse ahora fuera de la ciudad, en ese paisaje rico de conexiones humanas que se extiende sin una forma clara por el territorio, y cuyo centro está en todas partes.
La responsabilidad del urbanismo es comprender el nuevo espacio público que se abre más allá del antiguo paradigma arquitectónico superado por los hechos. Y pensar la ciudad de una manera que sea más favorable para la vida, que para la especulación intelectual y comercial.
Creo que las direcciones de Obras de las municipalidades metropolitanas, articuladas por un Intendente con más atributos, pueden hacerlo.



















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Y entonces.. ¿que estamos discutiendo?, ¿qué estamos esperando?. El primero de estos famosillos del diseño urbano que genere la influencia para poner este tema en carpeta urgentemente y no solo para dar su opnión de vez en cuando, se anotará el aporte más grande en la historia de Santiago desde Vicuña Mackenna (sin mencionar que tendrá todo el derecho de participar y ganar el concurso para el nuevo SuperIntendente). Y por favor, esto no hay que preguntárselo a los alcaldes, ellos simplemente deberán acatar esta imposición.
Me parece que es necesaria una autoridad de ese estilo. Es rarísimo que sea un ministro, o sea alguien del gobierno central, que esté a cargo de los problemas de una sola ciudad del país, que es lo que ocurre con el Transantiago.
Todos los argumentos técnicos que dan los columnistas son atendibles y certeros: Una “supra” autoridad por cada ciudad debiera redundar en una mejor planificación. Sin embargo, no hay que ser ingenuo en todo esto. El argumento para que no exista esta clase de autoridad es absolutamente político (en el sentido de la distribución de poder), es decir, tratemos de imaginar a una autoridad que concentra en sí la decisión (por lo tanto el poder) sobre toda la infraestructura urbana y desarrollo inmobiliario de la ciudad de Santiago: una cantidad de millones de dólares, con el consecuente poder político. Si bien es importante la coordinación de proyectos, creo que la discusión tiene más que ver con el fortalecimiento REAL de la participación ciudadana y el desarrollo de instrumentos de planificación flexibles y sustentables. La coordinación de planes puede realizarse en un nivel administrativo, pero las decisiones sobre la ciudad debieran estar estrechamente relacionadas con la ciudadanía misma.
No hay que seguir engordando el aparato público, hay que replantear la figura del Intendente (como plantean algunos autores del artículo), hacia un perfil técnico y con peso político, para así poder hacer valer criterios metropolitanos por sobre los comunales. Aunque esto requiere una cirugia mayor: los actuales instrumentos de planificación urbana no son capaces de guiar el crecimiento de la ciudades, hay que atender también ese aspecto.
La discusión no está en si debe existir una autoridad centralizada, sino en como debe ser ésta. Básicamente echenique, poduje y allard dicen que no hay que inventar la rueda y darle verdaderas atribuciones al intendente, que es lo más lógico (¿Cómo definimos que territorio gobernaría un alcalde mayor, y por qué?).
Y ese argumento de que sería peligroso el poder político es un temor que nos meten los mismos políticos por que ellos tienen miedo ante un nuevo escenario completamente imprevisto. Es como el asunto del voto voluntario, nunca van a sacar una ley con eso.
Sinceramente, de pensar en todo el meollo político y burocrático que se armaría el día que noticiarios sensacionalistas lleven este tema a la “arena política”, se me arma un revoltijo en el estómago.
De hecho, sería mucho mas elocuente levar esta inquietud a los ciudadanos, mas que hacia los ya gobernantes.
En resumen, para ayudar la discusion:
Opcion A: Intendente metropolitano con mayor poder, elegido por el/la presidente.
Opcion B: Alcalde Mayor elegido por voto directo ( 1 ciudadano = 1 voto) o voto indirecto (asamblea de alcaldes y/o concejales).
Bueno estas 2 figuras son las que hay que discutir mas que discutir si sera necesario o no una figura centralizada, ya que la respuesta a esto se cae de madura.
Respecto a la opcion B, tal como apunto Patricio Rubio mas arriba, a la concertacion no le gustaria correr el riesgo de tener un alcalde mayor de la Alianza y a la Alianza si es gobierno no le va a gustar tener un alcalde mayor del otro bando. Este conflicto se puede ver con lo que paso en la alcaldia de Londres en donde Boris Johnson ( Conservador) le gano al alcalde Livingston ( Laborista)del partido gobernante, lo que se interpreto como una “previa” a las elecciones generales del proximo año. O sea es un modo de operara MUY politizado. Por otra parte con la opcion A, la del intendente, hay que tener claro que se gobernaria Chile con doble poder, el presidente de la nacion adjudicaria la “presidencia” de Santiago a alguien de su bando. Y somos un pais centralizado por ahora, nos guste o no. Bueno, ese es mi aporte, un poco de sintesis para ver el problema. Saludos
Yo veo mas factible un Mayor o Presidente Municipal, elegido en votaciones populares en vez de un Intendente elegido por una votacion, pues un Mayor solo tendria poder en una area pequeña del territorio, y con recursos limitados, en cambio un Intendente tiene poder mucho mas territorio, lo recursos vienen del gobierno central, asi que siempre habria disputas con la presidencia, y es mas regiones como la V y VIII por ejemplo son regiones completamente autonomas, es decir si ellas quisieran administrar sus propios ingresos lo podrian hacer, pero los unicos perjudicados seria Santiago, porque 1º todos los ingresos van a Santiago y de ahi se distribuye a regiones.
que tema mas interesante!
lo primero que se me vino a la mente fué la figura del Intendente; pero claro, nos encontramos con problemas tales como la falta de competencias técnicas para resolver (que creo más importante que los recursos a estas alturas del partido), el ámbito de acción restringido con el que cuenta y, por supuesto, todos los cuestionamientos políticos con los que debe lidiar para llegar a ese cargo y con los cuales tiene que trabajar permanentemente.
me parece razonable el no agregar una piedra mas al camino; pero fundamentalmente lo que falta es un coordinador, ya que la decisión de lo que queremos para nuestra ciudad, debiera estar tomada en conjunto con la opinión ciudadana; y los organismos que pueden trabajar en ello, ya existen.
creo que todos tenemos alguna noción de qué es lo que se debe hacer, lo que nunca me ha entrado en la cabeza es porqué nuestros políticos nunca han hecho eco de estas iniciativas. Quien seguro ganaría lo que fuera, sería aquel que invirtiera un poco de su tiempo, se asesorara en temas importantes y propusiera proyectos que ya estén coordinados con las otras instancias. No vi a ninguno (al menos en mi comuna) que propusiera algo concreto, aparte de un ridículo “hola vecino”… ¿porqué antes, con menos recursos se podía trabajar más y mejor? a mi modo de ver, falta corazón en lo que hacemos por nuestro país.
Claramente los municipios no estan aptos para definir o dirigir la ciudad del punto de vista urbano, y mas que por los intereses politicos que tienen, es imposible tener que encargarse de la gente, la salud, la educacion y otros y a su vez pensar mas globalmente en laurbanizacion de una ciudad tan grande. Por otro lado agregar mas cargos es verdad que implica mas burocracias y mas opiniones y a la larga mas caos, por lo uqe el replantear al intendente qeu ya existe es la gran opcion. Que ese cargo conlleve una responsabilidad urbana mas decidora que la actual, en el fondo que proyecten mas a futuro y que de los parches se encarguen las municipalidades.
Si los ciudadanos lo exigiéramos, en verdad lo exigiéramos, existiría. Pero para eso tendría que importarnos nuestra ciudad.
@Anita,
Yo creo que para allá vamos:
Candidatos con un 30% de votos porque dirigieron asociaciones ciudadanas (Vitacura); creciente conciencia del “derecho a la ciudad” – es cosa de ver las asociaciones que se han generado para contrapesar proyectos específicos-; agendas urbanas enunciadas en la gran mayoria de los programas políticos de los alcaldes y concejales; y el mismo hecho de que una revista de negocios y política plantee este tema en un artículo a 7 expertos, parecen indicar que hay cada vez mayor conciencia ciudadana respecto a lo importante de la calidad de vida en las ciudades y barrios, cuando hay que ponerse de acuerdo, en lo que nos afecta a todos.
La idea de muchos (Marcial Echenique, Iván Poduje, Pablo Allard, Germán del Sol, César y Vale) de reperfilar o replantear la figura del intendente para que sea éste el alcalde mayor es apoyada por mí. Lo malo es que creo que antes de que una cosa así se implemente, el Telescopio Hubble descubrirá otro planeta muy lejos de la Tierra.
Con lo que no estoy de acuerdo es que el nuevo perfil del intendente deba ser no político (según lo expresado por Echenique) o elejido por concurso (opinión de Pablo Allard). Ojalá fuera del PS o de algún otro partido de izquierda, con Insulsa o Alvear en La Moneda durante el próximo periodo presidencial. Volver el cargo no político sería como cuando los empresarios se hacen cargo de la presidencia de los clubes de fútbol y transforman el deporte en un negocio. Allí deben estar figuras que vibren con goles (Zamorano, don Elías, Marta Tejedor, etc.) y no los que buscan beneficios económicos. De la misma forma, la política debería ser asumida por políticos. No quiero parecer contradecido, ya que una vez critiqué al Ejecutivo por elegir titulares para los ministerios basándose en méritos políticos en vez de la prófesión de la persona. Ahora bien, en el caso del intendente, debería existir la elección popular, tal como lo hemos planteado en el artículo República Federal de Chile (la discusión en esa columna aún no se cerró así sería bueno que entraran a hacer el aporte correspondiente allí también) y no ingresos al cargo por concurso, ya que eso continuaría siendo, en definitiva, una elección presidencial y no se cambiaría en nada el tema de cómo se seleccionan los intendentes.
El último comentario de Felipe D’Castello planteaba un tema que también es tocado por los primeros arquitectos que hablaron (Marcial Echenique y Marcial de Groote), que es la disputa que un cargo como ese puede generar con el presidente de turno, por el peso de la ciudad y porque la alcaldía de Santiago se convertiría en el botín más preciado luego del Ejecutivo. Mi pregunta es: ¿querrá el presidente deshacerse de la capital? Sabemos que por cada obra que se realiza, hay mucha plata que corre para que, por ejemplo, se autoricen construcciones, entre muchas otras cosas. Así, si desde La Moneda dejan de controlar el Gran Santiago, dejarán de persibir mucho más que US$387 por dineros que no van a las arcas fiscales y que no se traduce en trabajo urbano, sino que van a sus propios bolsillos.
Con lo que no estoy de acuerdo es que las comunas y alcaldes del Área Metropolitana se vayan para la casa. No hay que trataslos como vendedor de Feria (sin ánimo de ofender). Alberto Texido, en la columna Alcalde Mayor: Visión Territorial y Necesidades Urbanas, expresó que se debe dejar atrás la amalgama de comunas. Manteniendo la idea, Alejandro Aravena, en el artículo de la Revista Qué Pasa, dice que sobran “alcaldes menores”. El Estado podría ahorrarse como $85.957 eleiminando el cargo de alcalde (por lo menos los de el Área Metropolitana), pero estoy más de acuerdo con las palabras de Marcial Echenique, cuando propone que el Core quede constituido por los alcaldes de la RM. Él cerró la idea ahí, por lo que yo no estaría de acuerdo en un punto, que sean los alcaldes de toda la Región. En ese sentido, los futuros gobiernos (de la Concertación, por supuesto) deberían trabajar no sólo en reperfilar al intendente, sino en modificar los límites de la Región Metropolitana para que esté integrada sólo por las comunas del Gran Santiago.
Yo apoyo a la Teletón, ¿y tú?
28 y 29 de noviembre
Me llama la atención que enfoquen (la mayoría) el tema del alcalde mayor sólo por el lado urbanísitico, cuando en realidad la labor edilicia también entraña el campo educacional, la salud y una multitud de microprogramas. Son esos últimos aspectos los que no creo a primeras que sea conveniente centralizar.
Pienso que un alcalde mayor o “intendente potenciado” sería idóneo en el caso de que no fuese una réplica a gran escala de los actuales alcaldes, sino que limitase su ámbito de acción a asuntos que requiriesen una política coordinada, donde el urbanismo claramente es un ejemplo. Creo que limitar su poder a otros ámbitos haría este tipo de propuestas políticamente más factible.