Santiago, siempre inconclusa

santiagoPor: Miguel Laborde.

Parece que somos la generación más torpe, desde que hay registros, a la hora de educar a los que vienen detrás.

El padre Felipe Berríos habló de jóvenes mimados por el consumo. En términos históricos, tiene razón; en promedio, nunca ha habido una generación de estudiantes, en toda la historia de Chile, más favorecida en su calidad de vida.

Pero al mismo tiempo, entre estos “mimados” apareció la falta de respeto por los bienes comunes.

En sociedades donde los espacios y obras públicas son lo más valorado, el mensaje suena fuerte y claro en las calles, y lo perciben hasta los niños; lo que sirve a todos o a muchos es lo más importante, y no importa si es civil o religioso. Es patrimonio vivo.

Las señales vienen en dirección contraria. Lo privado, lo individual, se impuso en Chile, y lo público no llega a su nivel. Es la diferencia con los países más desarrollados, donde ambos se equiparan.

El automóvil aquí se multiplica en las calles, que se congestionan. Los conductores se molestan y un porcentaje no menor invade las vías exclusivas de los buses, mientras otros ocupan los espacios de estacionamiento de las personas con discapacidades.

Administran lo público en beneficio propio, tal como tantos usuarios del Transantiago que, también molestos con el servicio, deciden no pagar. Para no ser menos, muchos ciclistas invaden las veredas.

Indigna el rayado de los mejores monumentos de la arquitectura pública, y también el de los vagones de metro, que es lo mejor que tenemos en transporte público.

Cada uno de ellos, y todos al final, hacen un uso personal del espacio de la ciudad. Ante tales actitudes, los estudiantes no aprenden a respetar lo público. Viven en un entorno que lo degrada.

En el caso del vandalismo en el INBA, se considera la responsabilidad de los padres. Algo hicieron mal… La familia, como primer e importante núcleo formativo, aparece como la principal culpable.

La estupidez de romper un Cristo es otro ensayo más de los escolares, necesitados de saber dónde están los límites sociales: ¿Habrá reacción? ¿A alguien le importará?

Como su educación ha sido deficiente, no sospechan que la Gratitud Nacional nace de un esfuerzo ciudadano, que ella se levanta asociada al triunfo chileno en la Guerra del Pacífico y a la necesidad de acoger, en comunidad, a los huérfanos de los soldados caídos.

Gratitud hacia los que no volvieron. En su nombre, al lado, se construyó el Asilo de la Patria, pionera escuela de oficios, para que los niños sin padre no quedaran desprovistos ante la vida. Para esos huérfanos, la imagen de ese templo siempre tuvo algo de hogar.

Con tanto vandalismo, a pocos ciudadanos interesa lo que planteen los estudiantes. La violencia callejera produce hastío, al igual que esos rayados de edificios patrimoniales que, con gran esfuerzo, comenzaron a recuperarse en los años 80.

Recién ahora, hacia el 2000, Santiago emergió del esmog y el gris para exhibir con dignidad sus mejores edificios públicos. A pesar de todo, aunque no nos dábamos cuenta, teníamos una ciudad con historia.

Ahora, como siempre en Santiago, habrá que empezar de nuevo.