De acuerdo a sus condicionantes topográficos, la ciudad de Buenos Aires, carece de propiedades que favorezcan las localizaciones portuarias. Los ríos que, tras largos recorridos, descienden desde el centro del continente, desembocan en el Río de la Plata y arrastran y acumulan sedimentos que se depositan en bancos de arena, frente al centro de la ciudad. Desde su fundación, las costas fangosas habían sido utilizadas como embarcadero, dada la ausencia de bahías que actuaran como protección natural. A mediados del siglo XIX, la ciudad había repartido sus precarias instalaciones portuarias sobre ambos ríos: un muelle en la Boca del Riachuelo y otro sobre el Río de la Plata.
Buenos Aires, que había sido la primera población establecida en el estuario del Plata, no podría sostener su primacía comercial con Europa sin efectuar un reacondicionamiento de su puerto. El aumento del calado y del tonelaje de las embarcaciones sobre el lecho arenoso de la ribera producía que tanto la carga como la descarga se efectuaran mediante prolongadas “idas y venidas” de botes con bultos y pasajeros, que actuaban como nexo con los muelles. SEGUIR LEYENDO





















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