Ya sea por el clima invernal, ilegales humaredas de leña mojada, barricadas encendidas o gases lacrimógenos, el progreso de nuestro Chile se ralentiza para iniciar un nebuloso -y forzado- proceso de revisión. Las propuestas para superar la desigualdad, expresadas por cada actor social, deberán permitirse optar por el camino del acuerdo amplio que dicen exigir al otro -y a todos-, cediendo en sus rígidas convicciones hacia la generación de una tercera posición que intercale esos intereses y permita el surgimiento de un nuevo estado -y Estado- de negociación y avance.
Estas exigencias ciudadanas, como indicios previos de verdadero desarrollo -no sólo numérico-, vienen siendo acompañadas de cifras de crecimiento favorables, evidenciando la poca efectividad de un modelo económico y sistema representativo encapsulado y que se torna cada vez más incómodo para la contribuyente clase trabajadora. Las exigencias por un Estado regulador eficiente y proveedor de derechos, junto a otras modernizaciones pendientes, pretenden ir cubriendo los postergados requerimientos ciudadanos (para la educación, el transporte público, el acceso a la salud y la cobertura de la seguridad social) siendo este retraso largo y poco explicable el ingrediente perfecto para el colapso logrado.
Pero, ¿Cómo se vincula esta crisis entre la clase política y la ciudadanía, que pretende ser representada, con el desvinculo entre los mismos representantes y el territorio?


































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