
Durante el año 2010, una arquitecta extranjera que por primera vez visitaba Chile y particularmente Santiago, hizo un comentario que a cualquiera de los economistas que viajaron a estudiar a la Universidad de Chicago en la década de los 70’s, conocidos como ‘Los Chicago Boys’, hubiese dejado conmovido: “esta ciudad parece Texas”-, dijo bastante extrañada.
Peor fue el sabor amargo de asumir tal aseveración de manera tangencial; “Bueno sí, es verdad, pero no toda la ciudad es así”-, fue la respuesta al unísono.
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Foto vía Flickr de Bella Bestia – http://www.flickr.com/photos/bellabestia/
La movilidad dentro de nuestros territorios habitados, países, ciudades, aldeas, etc., ha sido una necesidad intrínseca para construir relaciones espaciales y sociales que están inmersas en el entorno construido por el ser humano, siempre lo ha sido y siempre lo será. El acto de moverse, expone una demanda y una transacción entre la relación básica de las famosas A y B. El traslado y la energía que este genera, construye una grilla comprendida como espacio urbano, y en donde en definitiva se da la lógica del intercambio socio-cultural y económico.
El derecho a la libertad de acceso entre A y B, es un factor que otorga exponencialmente valores positivos al bienestar social y urbano. Es un factor que otorga validez y realidad a la oportunidad de interacción e intercambio social que ofrece un entorno construido y habitado. Cuando una ciudad es altamente segregada, y concentra su oferta de oportunidades por carecer de una libertad de acceso fluida, el bienestar social se trastoca, y las externalidades negativas suponen un alto costo social para la comunidad.
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