El Palacio Rivera: mucho más que una fachada veneciana / Valparaíso

© brugmann.cl

Por Fernando Imas y Mario Rojas de brugmann.cl

Hace un tiempo nos propusimos el desafío de redescubrir uno de los tesoros arquitectónicos de Valparaíso, un inmueble emblemático que rara vez abre sus puertas para recibir al visitante curioso, y guarda celosamente mágicos rincones que han permanecido casi intactos por más de un siglo.

En la calle Serrano 543 existe una inconfundible fachada que recuerda la alicaída silueta de los palazzos de la vieja Venecia. Podríamos hablar horas de cómo esta tendencia historicista invadió nuestra arquitectura a principios del siglo XX, antes de reparar que el verdadero descubrimiento se encuentra traspasando la puerta tallada con el monograma “G.R.”.

© brugmann.cl

La casa perteneció al senador y exitoso abogado Guillermo Rivera Cotapos, un amante de la naturaleza, el arte y la modernidad, a quien se le deben entre otras cosas, la instauración del uniforme en los liceos de niñas para evitar la discriminación, las obras hídricas de Peñuelas y Concón que abastecieron de agua potable a las localidades aledañas; y ser uno de los mayores impulsores de la reconstrucción de Valparaíso tras el terremoto de 1906.

Pensando en hacer su aporte a la devastada ciudad, decide remodelar una antigua propiedad de la calle Serrano que había sido levantada en 1870, contratando a los jóvenes arquitectos italianos Renato Schiavon y Arnaldo Barison, quienes más tarde serán los autores del palacio Baburizza y la Biblioteca Severín.

Los arquitectos -fieles representantes de la corriente Liberty (Art Nouveau italiano)-, proponen una ambiciosa remodelación que incluye la creación de extravagantes decoraciones, algunas inspiradas en el gótico veneciano y otras de carácter mucho más rupturista. Hacia 1909, la mansión debió deslumbrar a sus contemporáneos, y hoy, a pesar de las modificaciones, continua dejando sin palabras a todo aquel que tiene la suerte de ingresar.

Lo primero que sorprende al visitante, es una gran escalinata de ónix, cuyas gradas disparejas por los años, se encumbran unos cuantos metros hasta alcanzar la planta noble de la mansión. Un vestíbulo decorado por gruesos frontones neoclásicos nos da la bienvenida, y distribuye las primeras habitaciones, entre las que se contaba el escritorio privado del señor Rivera, y un espacioso recinto, presumiblemente utilizado como Sala de recepciones, sitio ideal para las animadas tertulias, el piano y los primeros pasos de baile bajo el sonido del fonógrafo. Su principal atractivo se concentra en un arco ornamentado por querubines y capiteles jónicos.

© brugmann.cl

Al volver al vestíbulo, atravesamos una mampara con artísticos vidrios grabados al ácido, para transportarnos más de una centuria, pues el asombroso hall conserva casi intacto el característico espíritu de las edificaciones porteñas de la Belle Époque. El recinto tiene doble altura, y es generosamente iluminado por una amplia claraboya rectangular. Todo aquí denota calidad, el parquet, las decoraciones en los muros, los frontones neoclásicos, y las puertas notablemente talladas con motivos de caza. La cornisa es mucho más suelta en su tratamiento, y sobre ella se ubica una baranda de madera y fierro, que incorpora sinuosas formas del art nouveau.

Dos salones bordean el perímetro del hall: el primero de ellos es un amplio recinto de estilo renacentista, decorado por un artesonado donde priman los colores azul, verde y rojo; e incorpora dos grandes paneles cuadrados, en el que dos niños sujetan una gruesa guirnalda. Los muros tienen paneles a media altura, el parquet está fabricado con cuatro tipos de madera, las ventanas están decoradas con placas de mármol gris y tienen la particularidad de ser coronadas por fantásticas pinturas de corte modernista, un verdadero acierto que otorga exotismo y ligereza al pesado ambiente de la habitación.

© brugmann.cl

La segunda sala de importancia es el antiguo Comedor de estilo gótico veneciano, que en sus mejores años albergó paneles a media altura y frescos en los muros; y un invaluable mobiliario, compuesto por una mesa estilo art nouveau, grandes aparadores con vajilla y cristalería europea, un biombo lacado y diversas piezas de plata maciza.

De esa escenografía veneciana, tan sólo se conserva un friso con arcos ojivales de distintos tamaños, decorados por bufones, leones alados, y alternadamente, por una serie de asombrosas esculturas femeninas con los brazos elevados sosteniendo dos astas de bronce. Tras ellas, un espacio cóncavo en forma de concha, alojaba primitivamente una luminaria que otorgaba mayor teatralidad al ya sorprendente espacio.

Por otro lado, las enjutas (espacio vacío que queda entre dos arcos) fueron utilizadas por Schiavon para disponer una serie de pinturas que hacen relucir su cercanía al modernismo de las artes gráficas, puesto en boga por los famosos Chéret, Grasset, Muchá y Klimt. Las imágenes representan en su mayoría a mujeres jóvenes y hermosas, que posan con sus llamativos atuendos entre la vegetación y el paisaje.

© brugmann.cl

En el cielo del salón se dispuso un panel de yeso rematado en cada esquina por una reinterpretación del León de San Marcos, símbolo de Venecia. Al centro se encuentra un colorido fresco de 21 figuras que esconde una curiosa anécdota: relatan que el personaje central sería nada menos que Guillermo Rivera, quien se pasea en un carro de la victoria mientras todos sus derrotados adversarios políticos lo observan con recelo. Cierto o no, el fresco es una de las piezas artísticas más grandes de Valparaíso, y requiere urgentes medidas de conservación.

© brugmann.cl

Si regresamos al hall deberemos subir por una escalera de madera tallada, cuyo pomo está decorado por tres rostros que sostienen una guirnalda. Desde ahí surge una fina baranda de fierro, decorada con delicadas piezas de herrería que asemeja enredaderas. Los muros tienen paneles de yeso de inspiración art nouveau, y culminan en un cielo abovedado que tiene una serie de linternas circulares, que resguardaban un ingenioso sistema de iluminación eléctrica, que permitía mejorar sustancialmente la visibilidad de ese oscuro espacio.

Cuando detenemos nuestro ascenso, podemos darnos cuenta que las excelentes terminaciones ornamentales no se limitaron a la planta noble, sino que fueron incorporadas a las habitaciones del tercer nivel.

© brugmann.cl

Espacialmente el hall de este piso, se compone de dos recintos: uno de mayores dimensiones iluminado por la claraboya rectangular; y otro de menor tamaño, separado por dos columnas corintias e iluminado cenitalmente por una pequeña claraboya cuadrada. En torno a estos espacios, se distribuyeron dormitorios, salitas, corredores, baños, un acceso al área de servicio y la escalera a la terraza superior. Uno de los dormitorios más interesantes se encuentra mirando hacia la calle Cochrane: es una amplia habitación rectangular decorada por paneles de madera a media altura y un artístico parquet fabricado por diminutas piezas de madera que forman un diseño oriental. Según los actuales habitantes, el cielo tiene un fresco decorativo, hoy inapreciable debido a las modificaciones que bajaron la altura de los techos. Ésta sala está unida a otra de menores dimensiones, con grandes ventanas y piso de gres cerámico, que fue utilizado originalmente como sala de baño.

© brugmann.cl

Actualmente, la mansión ha sufrido diversas modificaciones internas que han desvirtuado su distribución original. Hoy se ocupa para la renta de oficinas y departamentos.

El palacio Rivera es un superviviente de Valparaíso. Su fachada veneciana es una excepcional muestra de la corriente historicista en Latinoamérica, y sus lujosos interiores mezclan la elegancia de la decoración neoclásica junto con las primeras expresiones del movimiento Liberty en Chile.

Redescubrir este tesoro de la arquitectura porteña nos lleva a ejemplificar algo que hemos postulado hace tiempo: la importancia de la conservación interior de los edificios patrimoniales. En nuestro país se ha venido desarrollando una corriente bastante cuestionable en manos de arquitectos que dicen ser Pro Patrimonio, pero que sólo se han dedicado a reciclar edificios, vaciando su interior, raspando puertas y ventanas, pintando las fachadas de colores claros, convirtiendo nuestro patrimonio arquitectónico en meras maquetas insertas en la trama urbana, sin carácter y lo que es peor, sin contenido.

© brugmann.cl

El interior de un inmueble patrimonial envuelve todo ese contenido histórico que muchas veces no es posible presenciar desde una fachada: los espacios, la distribución, el diseño, los elementos ornamentales, las alturas, los acabados y los elementos constructivos; reflejan mejor que cualquier documento literario, la historia, las costumbres, los usos sociales, las necesidades y los aspectos cotidianos de una sociedad ya perdida en el tiempo.

Es nuestro deber como nuevos habitantes de éstas ciudades, aprender a vivir sobre ese pasado para poder darle la cara al futuro…

Puedes leer el texto completo sobre el Palacio Rivera en este link