Los graffitis ganan la calle – Gritos de resistencia, disputa y transgresión

Por Dr. Arq. Guillermo Tella, Doctor en Urbanismo y Lic. Laila Robledo, Licenciada en Urbanismo.

© Pelos de Pluma

Muchos grupos juveniles manifiestan sus ideales, sus ilusiones y frustraciones mediante inscripciones que pintan en el paredón de su barrio. Son los graffitis que ganan la calle como grito de los jóvenes para expresar resistencia, disputa y transgresión. El graffiti es una representación de identidades que le ofrece a la ciudad fuertes contenidos políticos, culturales y sociales, y una gran capacidad expresiva mediante colores, íconos y símbolos. Los jóvenes, de este modo, buscan demarcar su territorio, cambiar la fisonomía de un sitio y dar cuenta de su pertenencia, imprimiendo lógicas, códigos y mecanismos.

Apropiándose de la calle

Desde el tradicional “fileteo” de comienzos del siglo 20, con sus textos cortos que reivindicaban a la sabiduría popular; siguiendo con las primeras pintadas políticas de los años ´40 y ´50, realizadas con tizones grasos de alquitrán y kerosene; Buenos Aires se ha proclamado siempre en favor del uso de los graffitis en el espacio público.

Luego le siguió el aerosol, que en los ´70 permitía hacer escritos clandestinos muy rápidos y efectivos, con consignas políticas contestatarias. Y, en los ´80, las “tribus” urbanas comenzaron a dejar constancia de su dominio territorial sobre determinadas zonas, utilizando diferentes técnicas, mensajes y formas de expresión.

En la última década se pone en práctica una ritualidad distintiva que delimita y protege el espacio de cotidianeidad de los jóvenes. Efectivamente, para Mónica Lacarrieu, Antropóloga y Doctora en Filosofía y Letras, el graffiti es una marca territorial que procura comunicar aspectos vinculados a cierta realidad social.

Explica que la exhibición pública de esa estética es una forma de segregación a partir de la cual el graffitero intenta ser distinguido por su práctica y por su mensaje. A su vez, dispara ciertos mecanismos de control y de poder sobre un territorio que dan lugar a situaciones de verdadera incertidumbre en otros grupos sociales.

© Nito

En general, a medida que inician su práctica, los graffiteros se van incorporando a grupos juveniles acordes a sus expectativas. Esto lo señala uno de ellos, quien prefiere darse a conocer como IfesYard (22). Igual que Nito (20), un graffitero del conurbano que considera a su grupo de artistas amigos como a su segunda familia.

También el muralista Pelos De Plumas (27) comenta que, si bien algunas veces pinta solo, muchas otras se junta con amigos para realizar obras de mayor envergadura. Según la Psicóloga Social Patricia Caballero, en estas agrupaciones predomina la proxemia, es decir, la importancia asignada a la calle para la transmisión de sus mensajes.

Los graffiteros conforman grupos nómades que la calle aglutina. Asimismo, la tecnología favorece la articulación entre ellos y desde las redes sociales adquieren mayor visibilidad. Para Claudia Kozak, Doctora en Letras y autora del libro “Las paredes limpias no dicen nada”, el graffiti hace posible reconocer territorios.

Kozak aporta el caso de graffitis que suelen repetirse durante una serie de cuadras y luego abruptamente se interrumpen, lo que hace pensar en la delimitación de jurisdicciones que evidencian fuertes lazos de cohesión grupal sobre el espacio barrial y que manifiestan un juego de disputas y tensiones en la ocupación del territorio.

Es muy interesante la experiencia generada en el sitio web “GRaFiTi: Escritos en la Calle”. Se trata de un novedoso espacio colaborativo donde cada graffitero sube una imagen de su obra, la titula y la ubica geográficamente, ofreciendo un mapa con los principales puntos de interés en la temática.

© Nito

Asociatividades juveniles

La especialista en “Subculturas Juveniles” y autora del libro “Tribus Urbanas”, María José Hooft, considera que -sin perder la identificación entre ellos- en los últimos tiempos estos grupos de jóvenes han dejado de confinarse a ciertos lugares en particular y priorizan su agrupamiento por cuestiones estéticas, artísticas y afectivas.

Más allá de las clases sociales de origen, estas “tribus” se reconocen en base a cuatro componentes centrales: la estética, la música, los lugares y la territorialización. Y cuenta Hooft que existe cierta movida “oscura” en torno a la Galería Bond Street, al Palacio Pizzurno, al Cementerio de la Recoleta, al Jardín Japonés y en zonas de Belgrano.

En esta línea, Patricia Caballero agrega que la asociatividad de grupos sirve también para incrementar los recursos de cada individuo. Estos lazos solidarios potencian capacidades y perspectivas y amplían conocimientos y experiencias. Para Mónica Lacarrieu, el graffiti se ha constituido como actividad alternativa e intersticial.

En nuestra sociedad, los jóvenes graffiteros suelen ser mirados en forma acusatoria, estigmatizados, o bien observados como productores de arte callejero. Es desde tal perspectiva que Lacarrieu considera que esa idea de “cultura alternativa” coloca a un grupo social determinado por fuera del orden social y cultural dominante.

© Nito

De este modo, el graffiti permite identificar a distintos grupos juveniles. Para Javier Clemente, crítico de arte urbano y diseñador de indumentaria, estos grupos han logrado desarrollar, a partir de su ideología, un lenguaje interno de grafismo como verdaderos artistas urbanos que van buscando nuevas variantes de expresión.

Clemente sitúa al graffiti como emergente de un conjunto complejo de condiciones: la localización específica, la influencia social, la situación política, los acontecimientos personales del autor. Todos estos factores coinciden en un momento concreto, definiendo lo que la pieza artística desea transmitirle al espectador.

Ilustrando esta situación, el joven Eduardo Greco (15) cuenta que hoy se siente cómodo practicando Parkour, una técnica de desplazamiento en grupo, pero que sin embargo sigue juntándose con sus anteriores amigos Skaters y que está comenzando a incursionar en el arte del graffiti en su habitación, en el colegio, en la calle.

No obstante su alto valor estético, resultan ser ilegibles para gran parte de la población. Y esto ha detonado algunas políticas públicas dirigidas a reducir tal tipo de expresiones callejeras, tal como ha hecho el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires con su Unidad Anti-graffitis, que sale a la calle a eliminar todo rastro posible de ellos.

© Pelos de Pluma

Construyendo identidades

Pertenecer a la estética graffitera contribuye a diferenciar productores de este “arte” respecto de aquellos que no lo son. En ese sentido, Lacarrieu explica que desde esa estética se producen procesos de conformación de identidades en grupos vinculados a dicha actividad. De modo que los jóvenes graffiteros se constituyen en “sujetos en tránsito” que se mueven por diferentes espacios y actividades.

Inspirado en la música, Pelos de Plumas pinta sin permiso en la calle para llevar su mensaje a toda la sociedad, como modo de interpelar al sujeto en su cotidianeidad. Para Nito también el graffiti cambió el rumbo de su vida, permitiéndole comunicar sus sentires. Según nos cuenta, su musa es la cultura Hip Hop y la gente que lo rodea. Y agrega: “Tengo estilo propio: el que me enseñó la calle”. Para IfesYard, que hace graffitis rápidos en los trenes, las pintadas le proporcionan mucha adrenalina.

Ante este escenario, resulta parcial todo intento por clasificar una actividad tan diversa y compleja, que oscila entre imágenes que cuestionan a la sociedad y textos que transgreden códigos y normas del lenguaje. Sin embargo, hay tipos de graffitis muy característicos como: la bomba, una firma hecha con spray; el freestyle, una pieza improvisada; el stencil, dibujos sobre moldes o plantillas; el tag, un seudónimo estampado en paredes; o el wild, letras entrecruzadas de difícil legibilidad, por ejemplo.

Cualquiera sea la técnica utilizada, el graffiti le “grita” a la indiferencia ciudadana. Para Claudia Kozak, sus significaciones indagan sobre cómo los individuos utilizan (o, en este caso leen) el espacio en el que viven. De este modo -sostiene- el graffiti supone otra manera de habitar la ciudad, cubriéndose con significados imprevistos y heterogéneos surgidos de su contacto con la escritura callejera.

Considera que estas expresiones artísticas conviven con la arquitectura, obteniendo un interesante equilibrio entre el objeto mismo y la lectura estética que éste ofrece respecto del contexto cultural al que pertenece. Asimismo, en ciudades europeas los graffiteros logran conjugar la adrenalina emergente de la pintada con las propias demandas de los ciudadanos, tal como la demarcación de ciclovías o de elementos estéticos funcionales a los peatones.

Indudablemente, el graffiti tiende a convertirse en una huella material y simbólica del espacio público. Para Mónica Lacarrieu es una forma de arte que salió del museo a la calle y que nació en términos de “contestación” como mecanismo de disputa y de puesta en escena pública de las tensiones y contradicciones sociales.

© Pelos de Pluma

Confrontar al orden social

Con sus graffitis los jóvenes nos inquietan, nos incomodan, nos provocan, nos cuestionan. Oscar Terminiello, especialista en movimientos socioculturales y autor del libro “De las tribus a las maras”, advierte sobre los peligros que implica la proliferación de estos grupos sociales y proclama revertir las causas que llevan a la juventud a sumarse a manifestaciones de tal naturaleza, a las que considera signadas por la violencia y por el desprecio a las estructuras de nuestra sociedad.

Sin embargo, Mónica Lacarrieu sostiene que el graffiti continúa siendo observado como transgresor en su práctica y en su discurso y es absolutamente deslegitimado en el espacio de lo visible. A través de estéticas específicas, busca disputar un lugar de reconocimiento tanto territorial como social y se ha convertido -explica- en un recurso de inclusión social para muchos grupos vulnerables y vecinos de barrios relegados.

Los graffitis son obras de arte que sus creadores realizan -casi sin darse cuenta- como propuestas de vanguardia. Al respecto, el muralista Pelos de Plumas dice que interviene en paredes o en espacios que se encuentran “descuidados”, sencillamente para denunciarlos como tales, para hacerlos evidentes ante los peatones, invitándolos a la reflexión, a cuestionarles aquello que observan.

En este sentido, Hooft asegura que las pintadas de estos artistas callejeros tienen a la vez un toque de trasgresión, de belleza y de alegría en medio de tan oscuro paisaje. Y, con audacia, confieren mensajes que ironizan contra el capitalismo, contra las autoridades y contra las celebridades. Desde su osadía, ponen en ridículo aquellas dimensiones que colectivamente no sabemos cómo desdramatizar.

En consecuencia, destaca Lacarrieu, el graffiti se constituye en el tránsito entre una disputa y el consenso social. Aunque sigue siendo percibido como práctica y como discurso alternativo, en algunos espacios negocia con los procesos de comunicación tradicionales. Desde esta perspectiva, cuando es resignificado y apropiado por el poder, legitima a los graffiteros como sujetos productores de cultura.

Con su arte, buscan interpelar al ciudadano, llaman a la reflexión y demandan ciudades más bellas y plurales. Con sus graffitis, entonces, los jóvenes a gritos proclaman: “¡Ciudad despierta… que sos nuestra!”

Versión adaptada de trabajo publicado en Buenos Aires, Diario Perfil, Suplemento El Observador, julio 2012, pp. 54-55.