Detroit, del sueño a la pesadilla americana

Concebida a principios del siglo XX producto de la efervescencia de la industria automotriz, pasaron los años y un único mercado como sustento, además de importantes conflictos sociales, generaron en Detroit una población muy vulnerable a los altibajos de la economía. Lejos de sus antiguos títulos como “la ciudad del motor”, la capital del estado de Michigan, el ícono del sueño americano y “el París del Oeste”, hoy es conocida simplemente como “la ciudad fantasma”. ¿Cómo en cuatro décadas Detroit perdió la mitad de sus habitantes, su patrimonio arquitectónico, su dinamismo urbano… su identidad?

Investigando sobre Detroit me entero de que su nombre se debe al Río Detroit, que es una adaptación del francés le détroit du Lac Érié o “el estrecho del lago Erie”, ubicado al nor-oriente de EE.UU. Pero más determinante aún, es que Detroit es la ciudad de RoboCop. Esta película de 1987 transcurre en un futuro en que la ciudad está al borde del colapso financiero, y donde un androide policía debe combatir los crímenes y la delincuencia. Una de las frases más recordadas de RoboCop es la de un personaje que repetía constantemente: “¡Compraría eso por un dólar!“. Pues bien, considerando la situación real y actual de Detroit, lo menos que se puede decir es que ésta es una más de las ironías de la vida: ya en 2010 una de cada cinco casas estaba abandonada y se vendía, precisamente, por $1 dólar.

El ciclo que va del auge a la ruina de Detroit comenzó en 1913, cuando Henry Ford revolucionó la industria automotriz con la fabricación en cadena. De pronto, la entonces capital de Michigan (ahora es Lansing) se transformó -hasta hoy- en una de las ciudades más pobladas del país: la generación de más de 90 mil empleos era el sueño americano hecho realidad. Los obreros de la fábrica podían comprar el modelo de auto Ford T con el sueldo de sólo dos meses. Comenzaron a proliferar entonces los autos, las avenidas, los rascacielos. La construcción de una casa se hacía lenta para toda la gente que lo necesitaba, y éstas se hacían más numerosas cerca de la zona industrial. En sólo tres años Ford producía el 40% de los autos de todo el mundo.

Desde su eclosión, Detroit fue concebida como una ciudad funcional sólo para las tuercas y ruedas. Es así una ciudad bastarda, en el sentido de algo que no logró cumplir con su origen o naturaleza. Lo que ocurrió en Detroit no fue más que las consecuencias sociales de un modelo urbano diseñado en tiempos en que el centro de la vida de las personas era el automóvil.

“Speramus meliora; resurget cineribus”

En contraste con el hacinamiento en que vivían los obreros-inmigrantes-negros que llegaron en busca de trabajo, la elite que gozó de la época dorada de “la ciudad del motor”, no escatimó en gastos. Construcciones como el conservatorio Bele Isle, el Detroit Arsenal Tank Plant y el centro de General Motors, fueron realizadas por Albert Kahn, también llamado “el arquitecto de Detroit”. El Teatro de Michigan, del estudio de arquitectos Rapp&Rapp, es otro de los edificios que encantaron a sus afamados pares en Francica, entre ellos Le Corbusier y Mendelsohn. De ahí que Detroit fuera conocida como “el París del Oeste”.

Sin embargo, la dicha no prosperó demasiado. Se puede decir que la decadencia de Detroit comenzó en 1970 cuando Japón se integró a la producción masiva de automóviles de bajo costo, pero el profundo racismo entre los ciudadanos fue el anticipo más contundente del fracaso de Detroit. Los problemas eran tales, que en 1967 el presidente estadounidense, Lyndon Johnson, trasladó a la ciudad soldados desde Vietnam como solución. El resultado fue de 43 muertos, comercios saqueados, casas incendiadas y alrededor de siete mil detenidos en cinco días. Seis años más tarde, salió electo el primer alcalde negro de Detroit, Coleman Young, el cual se hacía llamar “mother fucker in charge”, como lema de su política de venganza en contra de los blancos.

Todos estos hechos provocaron el éxodo masivo de la población blanca: si a mediados del siglo pasado había 1.849.000 habitantes en Detroit, para el 2009 eran 910.920. El Teatro Michigan, abierto en 1926, es símbolo de esta historia: lo que en un momento fue centro neurálgico de la cultura donde se exhibían  obras de teatro y películas, en los ’80 fue recondicionado para transformarlo en un estacionamiento público. El deterioro de la arquitectura de la ciudad ha sido un atractivo para muchos fotógrafos que se han propuesto retratar su contrastada realidad.

Teatro Michigan, Detroit.

Actualmente, la ciudad lidia con cifras en que la mitad de los niños en Detroit son pobres, siete de diez asesinatos no son resueltos y el estado de Michigan tiene una de las tasas de desempleo más altas del país, con un 10,7%. Pero a pesar de esto, últimamente se han desarrollado diversas iniciativas con el objetivo de que Detroit haga efectivo su propio lema de ciudad: “Speramus meliora; resurget cineribus” (“Esperamos mejoras; resurgirá de sus cenizas”). A partir de la quiebra de General Motors (GM) en 2009, por ejemplo, el presidente Obama destinó fondos estatales a GM y a Chrysler para su reactivación. Con el mismo objetivo, hace unas semanas se realizó el Salón del Automóvil 2012 en una parte de la ciudad que parece negar la historia por los modernos edificios y el desarrollo que aparenta. Finalmente, el evento convocó a 750 mil personas y exhibió más de 500 autos de última generación.

Pero el hecho que quizás resulta más determinante, es la iniciativa de jóvenes ciudadanos, que se han organizado para realizar actividades como los “jardines comestibles”. Ejemplo de esto es la granja urbana de Linwood Street; un proyecto promovido por Urban Farming, y el de otras organizaciones como The greening of Detorit y Hantz Farm. El interés ha sido tal, que Detroit está contemplando seriamente una propuesta que busca ceder parte de la urbe para que regrese al uso agrario.