Por Francisco Sabatini*
Columna publicada en la Revista Foco 76: Ideas de ciudad. Número 09. 2009
Cuando Alan Greenspan, empecinado capitán del liberalismo, ha dicho que la crisis lo ha hecho reconsiderar sus opiniones pro libre mercado, el rediseño radical de las políticas urbanas es imperativo. Deberían producirse importantes cambios gracias a este ablandamiento de las rigideces ideológicas.
Resulta algo manida la frase de que las crisis traen oportunidades para que aparezca lo nuevo, pero no por eso deja de ser cierta. Cele¬braremos el Bicentenario en Santiago en el contexto de una crisis económica que competirá en profundidad y alcances con la que siguió a la debacle de la bolsa de Nueva York en 1929. Pero esas oportunidades no las habrá generado la crisis, sino que el desarrollo urbano de las décadas anteriores, siendo de cargo de la crisis el “ablandar” las rigideces ideológicas, sociales e institucionales que entraban los cambios.
¿Hacia dónde tendería Santiago si supiéramos sacar partido de esas posibilidades, especialmente desde las políticas públicas?
La demanda por “más Estado”
La demanda ciudadana por seguri¬dad, creciente y masiva en las ciudades de todo el mundo, es un reclamo por “más Estado” que ya tiene un tiempo largo. No parece haber otro problema urbano que exija tan perentoriamente la presencia del Estado. Los ciudadanos también reclaman por la protección ambiental y del patrimonio histórico en ciudades presas de la vorágine inmobiliaria.
Tal vez no haya otro ámbito, como el urbano, en que las preferencias sean más claras por la protección estatal. Hicimos una encuesta en 2006 que lo muestra con claridad (www.prourbana.cl).
Cuando Alan Greenspan, empecinado capitán del liberalismo y ex presidente de la Reserva Federal de EEUU, ha dicho que la crisis lo ha hecho reconsiderar sus opiniones pro libre mercado y cuando ya asoma fuerte el neokeynesianismo, el rediseño radical de las políticas urbanas no sólo es posible, sino que imperativo. ¿En qué medida nuestras políticas urba¬nas recientes no han seguido el criterio discutible de que interés privado y social coinciden en los muy imperfectos merca¬dos urbanos, asumiendo que todo lo que sea bueno para las empresas privadas lo es para la ciudad? ¿No equivale ello a la adopción, inconfesable por cierto, de la “teoría del chorreo”?
Flojera intelectual
Con la crisis queda desacomodada la flojera intelectual, asociada a la idea simplista del chorreo y al liberalismo rampante que señala que los principales males de la humanidad se solucionan apretando dos botones: más mercado y derechos de propiedad. Los argumentos de los economistas liberales han fungido más como respaldos ideológicos para los inmobiliarios que como ideas que ayudan a entender la ciudad. En particular, la
obsesión por ampliar los límites urbanos ha facilitado la ganancia fácil y no el control de los precios del suelo.
Además de fortalecer la investigación urbana, el fracaso de estas recetas implicará el retroceso de quienes encontraron en el reino del liberalismo un campo para la farándula: los opinólogos urbanos que, cual oráculos, nos ofrecen los últimos giros de la intelectualidad europea o norteamericana para mirar superficialmente lo nuevo, al costo de desvalorizar lo propio o importante: la inseguridad, la segregación, los guetos, el Transantiago y la especulación con los suelos.
El apoyo a lugares
Un enfoque ganador de las políticas sociales y de seguridad. Este enfoque está rindiendo más en temas críticos para la ciudad, como el control de los lugares del crimen y los guetos.
El apoyo a lugares en vez del apoyo a personas es resistido por los economistas, que alegan que se desfocalizan los programas (hay no pobres que viven en esos lugares pobres). Sin embargo, la ciudad es más que la suma de personas o de hogares. La sociedad también, a pesar de la opinión de Margaret Thatcher, quien decía que la sociedad no existe, sino sólo los individuos.
Los lugares tienen peso específico. Hay barrios “productores” de delincuentes y lugares en que se anida el crimen organizado, lugares que tienen más persistencia que las bandas criminales mismas. El control y apoyo a lugares está siendo exitoso y el retroceso neoliberal dará espacio para perseverar en esas nuevas estrategias urbanas que suponen lo que otros, de hecho, no aceptan: que existen los territorios como comunidades humanas y que tiene sentido actuar sobre y con ellas.
La gentrificación sin expulsión
La invasión de barrios populares por clases medias y altas, con condominios y shoppings, no necesariamente implica la expulsión de los antiguos residentes. La propiedad privada de la vivienda social, en vez del arrendamiento europeo o estadounidense, y la disponibilidad de más suelo en la periferia, harán de nuestra gentrificación un campo de libertad para construir una ciudad socialmente más integrada, a pesar de los conflictos que suscita la invasión de los barrios populares por edificios y condominios.
La lucha por la ciudad
Las movilizaciones políticas de la ciudad han mutado. Cuando el acceso a la “casa propia” se universaliza y cobran fuerza el tema ambiental y los conflictos por externalidades, los ciudadanos se organizan y resisten los proyectos privados y públicos que amenazan su calidad de vida y sus plusvalías. La lucha es por defender sus barrios y, en general, por mejorar su localización dentro de la ciudad. Esperemos que las políticas urbanas y de vivienda en el Santiago post Bicentenario se hagan cargo de estas nuevas demandas y posibilidades.
Emergencias en la ciudad
La ciudad crece en complejidad, tanto la que es de cemento y flujos de objetos y personas como la que está en el internet y en las comunicaciones. La diversidad multiplica las posibilidades de lo nuevo. Las “emergencias” son órdenes nuevos que no anticipábamos y que desafían nuestros pre conceptos. La segregación muestra posibilidades concretas de retroceder (por la gentrificación), precisamente cuando se ha vuelto más maligna (los guetos que crecen) y cuando las desigualdades persisten en altos niveles. ¿Serán capaces nuestras autoridades y dirigentes políticos de leer estos giros y muescas de la ciudad y responder a la altura de las circunstancias? Ojala que sí.
Francisco Sabatini es Profesor Titular de la PUC. Ha sido asesor del ministro de Vivienda y Urbanismo y miembro del Consejo Consultivo Nacional del Medio Ambiente. Sociólogo (UC), Magíster en Planificación de Desarrollo Urbano y Regional (UC) y Doctor en Planificación Urbana (Universidad de California).





















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Excelente artículo
Francisco, incluiría el proceso ya extinto de la “conurbación urbana”, herramienta tan manoseada pero pocas veces lograda.
Fabián
Me parece que afirmar que la gentrificación en Santiago no conlleva la “expulsión” de los pobres es una posición cómodamente optimista, si no malintencionada. Claro, es difícil que sean expulsados físicamente los pobladores que hoy son dueños de las casas que obtuvieron a punta de tomas y movilizaciones durante los años 60 y 70; sin embargo, sus hijos, nietos y bisnietos están hoy enfrentados a dos posibilidades: la “expulsión” segura hacia Lampa, Colina, Buin y otros sectores remotos sin infraestructura, empleos ni esa gran identidad comunitaria construida durante décadas, o bien un hacinamiento que sólo reproduce y profundiza la violencia económica y social.
En otras palabras, la expulsión no significa simplemente expulsar “físicamente” a ciertos “individuos” pobres, sino expulsar la identidad y presencia colectiva de los sectores populares, y eso señor ya está ocurriendo hace rato y cada vez con mayor fuerza…
La tendencia al aumento de la proporción del estado en la economía, paralelamente al desarrollo de un país, parece ser un hecho universal. Adolf Wagner expone esta idea ya en 1867, argumentando que el consumo de bienes superiores (cultura, salud, educación) se acelera con la mejora del nivel de vida y que la necesidad de infraestructura aumenta con el crecimiento de las actividades productivas. Esta “ley” ha sido demostrada principalmente en Europa y en menor grado también en EEUU.
En el caso de Chile, esta tendencia fue revertida por el gobierno militar, que desmanteló una gran parte del sector público. La influencia de economistas neoliberales como Milton Friedman fue decisiva y la reducción de la capacidad del estado para orientar el desarrollo se tradujo en una importante pérdida de “inteligencia económica” a nivel nacional, aprovechada por empresas multinacionales para explotar ventajosamente nuestros recursos naturales y que tuvo consecuencias negativas para la igualdad social. Esto no solo ocurrió en Chile, fue una estrategia a nivel internacional conocida como “neocolonialismo”. Paradojalmente, en la misma época, el sector público en EEUU continuó aumentando.
En consecuencia, actualmente en Chile el sector público no solo debería crecer paralelamente al desarrollo sino además para recuperar el retraso en los bienes de mutualización y sistemas de redistribución social ocasionado por los años de dictadura. Esto debería ser aún mas favorecido por la revaloración de la economía keynesiana “gracias” a la actual crisis.
Sin embargo, sector público no es necesariamente sinónimo de estado, y esto exige plantearse qué tipo de estructuras queremos reforzar en el periodo que se avecina, que será una oportunidad única para reforzar la capacidad estratégica de las políticas públicas en Chile.
Básicamente hay dos formas complementarias de gobierno democrático: la autoridad central de un estado, elegida por todos los habitantes de un país, y la autoridad local, elegida por los habitantes de una subdivisión territorial, siendo la más característica el alcalde de una comuna. Un caso particular de encuentro de estos dos tipos de poder político es el caso de las grandes ciudades, como Santiago. En ellas convergen los intereses del estado, en tanto que centros nacionales de producción, y las necesidades de los habitantes, más preocupados de la calidad de vida. Aunque evidentemente el estado no es indiferente a esta última, estos dos intereses son frecuentemente contradictorios (William Alonso, 1971).
En mi opinión, el tema de “más estado” es indisoluble del reforzamiento del poder local y particularmente del desarrollo de sistemas eficaces de gobierno urbano, basadas en la coordinación comunal y la legitimidad de una autoridad metropolitana elegida por sufragio directo. Es el único tipo de estructura que puede asegurar a la vez una capacidad de coherencia de planificación en gran escala y una cercanía con los problemas de terreno. Ningún otro sistema político puede resolver eficazmente problemas tan difíciles como la redistribución de recursos fiscales entre comunas de un mismo sistema urbano y la regulación estratégica del uso de suelos y la construcción. Esto es válido también para ciudades como Valparaíso, Concepción y otras.
En resumen, creo que la respuesta a nuestra necesidad particularmente urgente de “más estado”, favorecida por el replanteamiento de los paradigmas ideológicos, exige una restructuración de las instituciones de acción pública en Chile.
10:38 PM Jun 10th
[Plataforma Urb] Santiago Post Bicentenario: Profusión de Oportunidades http://tinyurl.com/kjsnrd