La elite chilena clama: ¡No a la participación ciudadana!

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Hace un par de semanas, Carlos Peña se refirió en su columna de El Mercurio al problema de Transantiago. Al menos en esta ocasión, el rector de la Universidad Diego Portales – a la sazón, uno de los principales líderes de opinión en el panorama de la elite chilena actual – defendió la importancia del problema político, por sobre el técnico, en las fallas en la implementación del sistema de transporte metropolitano. Utilizaremos este discurso de Peña para comentar, desde nuestro interés en la ciudad, algunos debates que se han dado entre los “pensadores-opinólogos” de nuestra querida política nacional.

En la columna, el aludido examina los defectos que, según él, “no pertenecen a la esfera de la inteligencia, sino a la de la voluntad”. Peña dice:

“El anhelo de cuadrar el círculo y hacer algo inédito llevó a pensar que lo que era racionalmente concebible (un sistema de transporte con precios al alcance de todos, que además internalizaran todos los costos) era también fácticamente posible. Ese paso de un mero deseo a la voluntad de realizarlo no fue técnico, sino político. Fue el deseo inmoderado de éxito (algo que Aristóteles llamaría “pleonexia”, codicia) lo que condujo a este desastre.”

Me parece útil el debate entre lo técnico y lo político, especialmente en un contexto nacional donde tanto la búsqueda como la administración del poder han entrado en un régimen de cada vez mayor elitización tecnocrática de la toma de decisiones, y una extrema pauperización de la política electoral, con primacía de discursos cada vez más populistas – esto si es que éstos logran ser escuchados por alguno de los envejecidos electores. Sin embargo, más allá de lo anterior, hay entre los dichos de Peña algo que se ha repetido entre los pensadores-opinólogos, como fue el caso de él mismo junto a Eugenio Tironi y Roberto Méndez, en la Revista Qué Pasa del pasado 12 de Septiembre.

Dice Peña en El Mercurio (las negritas son mías):

“Si el deseo inmoderado de éxito (eso fue el Transantiago, pero también hubo otros) pudo ser bien tolerado en un gobierno que hizo del relato el sello de su gestión (“puedes soportar cualquier cosa si cuentas una buena historia acerca de ella”, aconseja I. Dinensen), eso mismo ya no fue posible en un gobierno que renunció a la escenificación y el aura del poder y prefirió, en cambio, presentarse a sí mismo en la más estricta horizontalidad con los ciudadanos. Ahí fue cuando el asunto simplemente se desfondó. La suma de deseo inmoderado y, por decirlo así, sencillez escénica es simplemente intolerable: si quien gobierna es como nosotros, si siente, piensa o quiere como usted o como yo, si su tiempo es también el nuestro, ¿por qué entonces habríamos de soportar los tropiezos y la espera?

Lo aquí dicho por peña me recordó lo dicho por Tironi en el artículo “Por qué la elite está pesimista”:

“Hemos pasado por un período caracterizado por una débil autoridad externa, normativa, castigadora, y por la promoción de la expresividad, la participación y la movilización. Esto será recordado como un punto de quiebre que nos hizo madurar como personas y como sociedad -en cierto sentido, pasar de la adolescencia a la adultez-; pero ahora, por lo menos, todo eso nos tiene un poco cansados y asustados de nosotros mismos, pues hemos descubierto que no éramos tan nobles como nos imaginábamos”.

¿Es que nuestra elite está diciendo “No al gobierno ciudadano”?

Tironi deja bastante más en claro sus apreciaciones; cuando le preguntan ¿Qué discurso de futuro se requiere hoy para superar el pesimismo?, responde que “Primero lo que dije antes: para decirlo crudamente, más normas y menos participación.

Desde el comienzo, la presidenta Bachelet definió el sello que pretendió poner a su mandato como el de un “gobierno ciudadano”. Independiente de si se trata de una mera imagen de marketing, o un hecho real, resulta interesante que en el discurso de los pensadores-opinólogos, junto con resaltar, como lo hace Méndez, que “el gobierno de la presidenta Bachelet ha sido una experiencia un poco frustrante para las elites”, se ataque directamente, si no es su existencia efectiva, al menos sí la presencia del concepto de participación ciudadana, horizontalidad o gobierno ciudadano, como parte del discurso oficial.

No quiere decir que exista una relación entre el mentado “gobierno ciudadano” y la verdadera participación ciudadana. Sin embargo, la coincidencia de nombres merece al menos comentarios.

Tengo el convencimiento personal de que uno de los principales desafíos para el desarrollo de Chile es la construcción y consolidación de la Sociedad Civil. Esto quiere decir, el espacio que media entre los individuos y las instituciones que nos gobiernan. Y es que además de pedirle cosas al papito Estado, debiéramos acostumbrarnos a que muchas de lo que nos hará vivir y desarrollarnos mejor pasa por lo que nosotros mismos hagamos.

Los problemas del asistencialismo en relación a la pobreza; la calidad de la educación; la impermeabilidad de la oferta política; las situaciones laborales y la eficiencia productiva; la precariedad de la participación ciudadana; las prácticas abusivas en el mercado;  muchas de estas precariedades en Chile pueden ser asociadas con la urgencia de la conformación colectiva de espacios que medien entre los individuos y las instituciones. Creo que hoy, más que nunca, se necesita de buenos liderazgos en los espacios intermedios de agrupación, en lo que puede mediar entre el espacio en el que estamos solos, y el gran Estado y la grandota Empresa; esos son los espacios de la sociedad civil, en los que estamos acompañados.

Por un lado, recordar – nunca está de más – que la participación no es por decreto. Me parece que todo esto abre demasiadas preguntas para quienes nos preocupa el futuro de Chile. Mientras tanto, la elite es elocuente en rechazar la “participación ciudadana”. ¿Es que acaso la aparente confusión, y falta del “liderazgo” que clama la elite, tiene que ver con un verdadero cambio en la forma en que nos gobernamos?